El cajón que tengo que abrir
Hay un grano de arena por cada duda que tengo. Una estrella en el cielo por cada miedo que me acompaña. Solía ser la chica triste que no podía distinguir entre un charco de lluvia y el mar, la que cada vez que recibía un beso, sentía que no se lo merecía y esperaba siempre la cachetada. Paranoica, insegura, terca, caprichosa, titubeante. Ansiosa de golpes y martilizada. Con quejas, con veneno por acá y por allá, me jactaba de ser siempre la que luchaba, la que remaba contra la corriente. Ahora -de esos ahora que uno no sabe cuánto van a durar- pareciera que casi nada me atraviesa. Que todo lo bueno que me pasa es porque me lo merezco, y lo que no me pasa, lo que no llegó, aquello que se fue, también lo merezco. Porque lo merezco y me conviene. Como esa frase injusta y cómoda que asegura que "lo que sucede, conviene". Y sí, es injusta. Porque hay desgracias y carencias que no convienen. Y sí, es cómoda. Porque desde que me envolví en ella, la frecuencia de llantos y angust...