El cajón que tengo que abrir
Hay un grano de arena por cada duda que tengo. Una estrella en el cielo por cada miedo que me acompaña.
Solía ser la chica triste que no podía distinguir entre un charco de lluvia y el mar, la que cada vez que recibía un beso, sentía que no se lo merecía y esperaba siempre la cachetada. Paranoica, insegura, terca, caprichosa, titubeante. Ansiosa de golpes y martilizada. Con quejas, con veneno por acá y por allá, me jactaba de ser siempre la que luchaba, la que remaba contra la corriente.
Ahora -de esos ahora que uno no sabe cuánto van a durar- pareciera que casi nada me atraviesa. Que todo lo bueno que me pasa es porque me lo merezco, y lo que no me pasa, lo que no llegó, aquello que se fue, también lo merezco. Porque lo merezco y me conviene. Como esa frase injusta y cómoda que asegura que "lo que sucede, conviene". Y sí, es injusta. Porque hay desgracias y carencias que no convienen. Y sí, es cómoda. Porque desde que me envolví en ella, la frecuencia de llantos y angustias que manejaba disminuyó hasta hacerse casi imperceptible. Empecé a vibrar las amabilidades ajenas, a mirar la oscuridad de los demás como una desventaja que no me pertenece. A comprender al otro, a tener fe. A guardar las inseguridades en un cajón abierto y a la vista, para sacarlas de vez en cuando sin que le quiten espacio al amor propio. En otro cajón que desborda, guardo lo que quiero cambiar de mí y, aunque está a la vista, no me atrevo a abrirlo y revolver. No todavía, y me incomoda como una astilla que no quiero sacar, que lastima, que me desordena.
A veces, cuando escarbo entre mi pasado (cuando digo pasado, me refiero a cada minuto que pasa), no me acuerdo si lo que viví fue real o me lo imaginé. No me acuerdo si te dije todo lo que tenía para decir o sólo fue parte de esas imágenes con movimiento que me invento unos segundos después, cuando por arte de magia aparecen las palabras que no salieron. Seguro les pasa a todos: "¿por qué no le contesté eso y le cerraba la boca?", "¿por qué no me reí cuando contó ese chiste tan bueno?", "¿por qué no me enojé?", "¿por qué no lo besé?". Y ahí se empieza a mezclar lo que pasó y lo que pudo haber pasado. Y de tanto mezclarlo me confundo. Entonces no sé cuál es el estado actual de las cosas. Y en medio de esa confusión, de ese remolino de visiones y recuerdos, sigo fantaseando.
¿Cómo tomar decisiones en ese quilombo? Supongo que a ese mal hábito, casi mecánico, tendré que guardarlo en el cajón de cambios. Y para eso, para eso lo tengo que abrir. Mientras tanto, voy a tratar de acordarme si lo que siento ahora es real o me lo inventé.
Solía ser la chica triste que no podía distinguir entre un charco de lluvia y el mar, la que cada vez que recibía un beso, sentía que no se lo merecía y esperaba siempre la cachetada. Paranoica, insegura, terca, caprichosa, titubeante. Ansiosa de golpes y martilizada. Con quejas, con veneno por acá y por allá, me jactaba de ser siempre la que luchaba, la que remaba contra la corriente.
Ahora -de esos ahora que uno no sabe cuánto van a durar- pareciera que casi nada me atraviesa. Que todo lo bueno que me pasa es porque me lo merezco, y lo que no me pasa, lo que no llegó, aquello que se fue, también lo merezco. Porque lo merezco y me conviene. Como esa frase injusta y cómoda que asegura que "lo que sucede, conviene". Y sí, es injusta. Porque hay desgracias y carencias que no convienen. Y sí, es cómoda. Porque desde que me envolví en ella, la frecuencia de llantos y angustias que manejaba disminuyó hasta hacerse casi imperceptible. Empecé a vibrar las amabilidades ajenas, a mirar la oscuridad de los demás como una desventaja que no me pertenece. A comprender al otro, a tener fe. A guardar las inseguridades en un cajón abierto y a la vista, para sacarlas de vez en cuando sin que le quiten espacio al amor propio. En otro cajón que desborda, guardo lo que quiero cambiar de mí y, aunque está a la vista, no me atrevo a abrirlo y revolver. No todavía, y me incomoda como una astilla que no quiero sacar, que lastima, que me desordena.
A veces, cuando escarbo entre mi pasado (cuando digo pasado, me refiero a cada minuto que pasa), no me acuerdo si lo que viví fue real o me lo imaginé. No me acuerdo si te dije todo lo que tenía para decir o sólo fue parte de esas imágenes con movimiento que me invento unos segundos después, cuando por arte de magia aparecen las palabras que no salieron. Seguro les pasa a todos: "¿por qué no le contesté eso y le cerraba la boca?", "¿por qué no me reí cuando contó ese chiste tan bueno?", "¿por qué no me enojé?", "¿por qué no lo besé?". Y ahí se empieza a mezclar lo que pasó y lo que pudo haber pasado. Y de tanto mezclarlo me confundo. Entonces no sé cuál es el estado actual de las cosas. Y en medio de esa confusión, de ese remolino de visiones y recuerdos, sigo fantaseando.
¿Cómo tomar decisiones en ese quilombo? Supongo que a ese mal hábito, casi mecánico, tendré que guardarlo en el cajón de cambios. Y para eso, para eso lo tengo que abrir. Mientras tanto, voy a tratar de acordarme si lo que siento ahora es real o me lo inventé.
Comentarios
Publicar un comentario