Ya no estoy enamorada

Se me caían las piedras pesadas y me golpeaban los pies. El pecho dolía, el estómago se me revolvía. 
Ya no estoy enamorada. 

Tenía los ojos hinchados de agua, tibios. Ardían. La piel descamada, sorpresiva como la caja de bombones de Forest Gump. Nunca sabía cómo me iba a despertar, ni con quién. 
Habían portazos, gritos, insultos.

Después, la violencia se apagó y se prendió la luz que iluminaba un amor hecho pedazos, un deseo inexistente, y una alternativa salvavidas que funcionó como el antibiótico genérico que nos recetan cuando aún no está el resultado del análisis. Un amor hecho pedazos: el mío.

Y se me escapaban las preguntas. Se resbalaban sin que yo pudiera hacer nada para callarlas. Seguía enamorada, seguía con curitas. Seguía sin dormir. Seguía temblando. 

Ya no estoy enamorada.

Renacía, removía y me emocionaba. Los pedazos se unían, se desarmaban y llegaba a sostenerlos. A veces comía almendras bañadas en chocolate, a veces me quedaba en la cama. Pero en esos tiempos, también me animaba a vivir. Acompañada de bebés que empezaban a caminar, a ver caminos, a recorrerlos, igual que yo. 

Se me salieron los sentimientos, se me vieron. Eran conscientes de la felicidad que estaba apareciendo y de las enfermedades crónicas con las que había que empezar a convivir. 

Pero seguía enamorada, más fuerte, más intensa, más imposible. La película era nueva para mí. Me conmovía una conexión llena de electricidad pero los artefactos seguían sin funcionar. El enchufe tenía ganas, pero no encajaba. Y seguía apasionada. 

Vivía enamorada, vivía ansiosa, vivía brotada. Vivía dormida, alterada, perturbada. 

Se me escaparon los mensajes, se siguieron escapando. Los vestigios de la ficción se redujeron a una tarea pendiente que, hace poco, pasó al estado de "incobrable". 

Y es que ya no estoy enamorada porque tengo un amor.
No tengo más ansiedad, duermo a su lado.
No estoy más enamorada, no paro de crecer.
Tengo un niño en el otro lado del subibaja, que no me deja arriba y se divierte con mi vértigo. Me ayuda a bajar, me ayuda a subir. 

Se me caían las piedras, ahora las llevamos juntos. 
Se me salían los insultos, hoy la caja de violencia está vacía y en el tacho de basura.
Va cambiando la tensión eléctrica, vamos adaptando los enchufes, aunque nos cueste, aunque estemos agotados. Hablamos también de nuestro cansancio y nos entendemos. 

Ya no estoy enamorada. 

Y la luz empezó a iluminar otros pedazos rotos de mi inconstancia, de inseguridades arrastradas por mandatos familiares, por novelas comidas. Pero mi amor también tiene sus pedazos, sus mandatos, sus apegos. Juntos nos discutimos, nos pinchamos, nos calmamos. 

No estoy más enamorada. El enamoramiento que me dejaba en víctima se fue por elección. Todos los días elijo no ser una víctima, porque el piloto automático me lleva a generar amor a través de mis marcadas carencias. No es fácil dejar ese papel de lado, porque no quiero ser una manipuladora. Entonces, decido no estar más enamorada.

En el medio del viaje, me di cuenta que dejé de escribir. La que escribía antes era yo enamorada, desbordada y proclive a la catarsis. Hoy me desperté y pensé en cuán adictos somos al sufrimiento, al drama, la intensidad tóxica. 

Quise escribir sobre un pasado que no se fue ni se va a ir nunca, pero también de un presente que me da paz. ¿No se puede escribir desde la paz? Elijo celebrar esta paz. Y seguir sufriendo por un mundo que está lleno de motivos para meterse en la cama. Mi mundo, en el que aparecen las incertidumbres y los escenarios más macabros alrededor de mi salud, mi economía, mi crecimiento personal. Mi mundo tiene un amor, y su mundo, me tiene a mí. Porque ya no estoy enamorada.  



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