Costumbres
¿Se nace o se aprende y uno se acostumbra? En estos días de recaídas a viejos hábitos, me puse a pensar en todo eso que hago ahora y quiero dejar de hacer. Quiero, pero no puedo. Puedo, pero no quiero. No quiero ni puedo o quiero y, si quiero, puedo. Pero estoy acostumbrada.
En algunas charlas de salón, repito una frase como si fuera un mantra en mi vida, como una enseñanza a aquellos que se quejan, yo incluida: "El hombre es un animal de costumbre, se acostumbra a todo. A lo bueno y a lo malo también". No sé dónde la saqué, no tengo idea dónde la leí ni de quién es, pero la tengo muy consciente. Lástima, que está guardada en alguna parte de mi cerebro, pero la otra parte, la de mis malas costumbres, es más grande y poderosa.
En mi adolescencia, escuchaba la canción "La casada" de Las Pastillas del Abuelo (banda que me gustaba y me sigue pareciendo buena. Vengan de a uno). La letra habla de un hombre que se enamora de una mujer comprometida y se convierte en su amante. Él busca amor, ella...No sabemos, pero la cuestión es que ambos juegan a ser felices en la clandestinidad. Hacia el final, él cuenta: "Ahora ella está feliz, volvió con el idiota. Yo recorro las calles buscando otra mujer y aprendí que mentirse tiene patas muy cortas, que siempre LA COSTUMBRE VA A MATAR AL PLACER".
Tremenda frase. En la canción, ella está acostumbrada a estar casada y ser infiel. Él, no sabemos su pasado, pero tal vez se haya acostumbrado a ser el amante y a sufrir. La costumbre no es sólo levantarse siempre a la misma hora o ponerle sal a la comida sin probarla. El ser humano se acostumbra hasta de las palabras que usa. A las reacciones. A las faltas de respeto o a la mirada que tiene sobre la vida. Son actitudes, acciones, que cuando las hacemos por primera vez, descubrimos algo nuevo. La segunda viene sin darnos cuenta y la tercera, quizá la tercera llegue para quedarse y reproducirse.
Yo, por ejemplo, tomé la costumbre de llegar tarde al colegio y ahora me es imposible llegar temprano al trabajo. También me acostumbré a hacer todo lo contrario a lo que hacía el resto y hoy, hoy soy la que está parada en otra dirección, muy diferente a donde están las personas con las que compartí la mayoría de mi vida. Repetí llantos desconsolados que -si bien hace tiempo que no derramo una lágrima- a veces quieren volver. Frustraciones innecesarias (que ahora las veo así) y que aparecen como un resfrío mal curado.
Hoy leía una conversación que tuve con alguien hace poco más de un año y no me reconocí. Estaba anulada, irritable, agresiva y tan perdida que no me reconocí. ¿Me desacostumbré a ser una loca desquiciada? Increíble, pero sentí nostalgia de esa bola de nervios y tuve una recaída. Pero ya me acostumbré a otra cosa, entonces duró sólo unos segundos. Me acostumbré a no odiar, a no resentir, a sacar energía de cualquier lugar para elegir mis guerras y no estar en el frente de batalla sin una causa mayor a un capricho.
Me acostumbré a dormir tranquila, aunque tenga gastos impagables, aunque me vibre el celular por trabajo y demandas sociales, aunque todavía no sepa qué quiero de verdad. Pero lo cierto es que la costumbre de ser una víctima, de pelear por nada, de querer que todo el mundo haga exactamente lo que quiero, me acompañó durante tantos años que es difícil dejarla ir. Supongo que tendré que acostumbrarme. Supongo que tendré que entender que todos los días, uno elige sus costumbres. Todos los días decimos "esto sí", "esto no", "esto hoy, pero sólo hoy". Acostumbrarme a hacerme cago de todo lo que me pasa o acostumbrarme a no ser un animal de costumbres.
En algunas charlas de salón, repito una frase como si fuera un mantra en mi vida, como una enseñanza a aquellos que se quejan, yo incluida: "El hombre es un animal de costumbre, se acostumbra a todo. A lo bueno y a lo malo también". No sé dónde la saqué, no tengo idea dónde la leí ni de quién es, pero la tengo muy consciente. Lástima, que está guardada en alguna parte de mi cerebro, pero la otra parte, la de mis malas costumbres, es más grande y poderosa.
En mi adolescencia, escuchaba la canción "La casada" de Las Pastillas del Abuelo (banda que me gustaba y me sigue pareciendo buena. Vengan de a uno). La letra habla de un hombre que se enamora de una mujer comprometida y se convierte en su amante. Él busca amor, ella...No sabemos, pero la cuestión es que ambos juegan a ser felices en la clandestinidad. Hacia el final, él cuenta: "Ahora ella está feliz, volvió con el idiota. Yo recorro las calles buscando otra mujer y aprendí que mentirse tiene patas muy cortas, que siempre LA COSTUMBRE VA A MATAR AL PLACER".
Tremenda frase. En la canción, ella está acostumbrada a estar casada y ser infiel. Él, no sabemos su pasado, pero tal vez se haya acostumbrado a ser el amante y a sufrir. La costumbre no es sólo levantarse siempre a la misma hora o ponerle sal a la comida sin probarla. El ser humano se acostumbra hasta de las palabras que usa. A las reacciones. A las faltas de respeto o a la mirada que tiene sobre la vida. Son actitudes, acciones, que cuando las hacemos por primera vez, descubrimos algo nuevo. La segunda viene sin darnos cuenta y la tercera, quizá la tercera llegue para quedarse y reproducirse.
Yo, por ejemplo, tomé la costumbre de llegar tarde al colegio y ahora me es imposible llegar temprano al trabajo. También me acostumbré a hacer todo lo contrario a lo que hacía el resto y hoy, hoy soy la que está parada en otra dirección, muy diferente a donde están las personas con las que compartí la mayoría de mi vida. Repetí llantos desconsolados que -si bien hace tiempo que no derramo una lágrima- a veces quieren volver. Frustraciones innecesarias (que ahora las veo así) y que aparecen como un resfrío mal curado.
Hoy leía una conversación que tuve con alguien hace poco más de un año y no me reconocí. Estaba anulada, irritable, agresiva y tan perdida que no me reconocí. ¿Me desacostumbré a ser una loca desquiciada? Increíble, pero sentí nostalgia de esa bola de nervios y tuve una recaída. Pero ya me acostumbré a otra cosa, entonces duró sólo unos segundos. Me acostumbré a no odiar, a no resentir, a sacar energía de cualquier lugar para elegir mis guerras y no estar en el frente de batalla sin una causa mayor a un capricho.
Me acostumbré a dormir tranquila, aunque tenga gastos impagables, aunque me vibre el celular por trabajo y demandas sociales, aunque todavía no sepa qué quiero de verdad. Pero lo cierto es que la costumbre de ser una víctima, de pelear por nada, de querer que todo el mundo haga exactamente lo que quiero, me acompañó durante tantos años que es difícil dejarla ir. Supongo que tendré que acostumbrarme. Supongo que tendré que entender que todos los días, uno elige sus costumbres. Todos los días decimos "esto sí", "esto no", "esto hoy, pero sólo hoy". Acostumbrarme a hacerme cago de todo lo que me pasa o acostumbrarme a no ser un animal de costumbres.
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