¿No era que ya estaba a salvo?

Lo que como o dejo de comer para estar flaca. Qué película decido ver en el cine o sola, desde la cama. Lo que siento cuando camino por la calle y agarro fuerte el celular cuando un hombre me mira fijo. Agarro el celular y encojo los hombros, para protegerme. Emito la señal de "tengo miedo" y acelero el paso. Cuando charlo con mis amigas sobre el insoportable pero siempre presente temor a estar sola. Cuando les digo que la paso bien sola y no necesito a nadie. Cuando me maquillo para sentirme más linda. Cuando busco aprobación. Cuando busco discutir. Cuando me viene el imbécil, injusto, pero tan real pensamiento de "qué fácil ser hombre". Cuando percibo la mirada que me juzga, misericordiosa y piadosa, por un lado, venenosa y resentida, por tener 28 años y no tener un hombre al lado que me lleve y me traiga. Que me pague las cenas, que me coja, que me acompañe a las reuniones familiares, que me prometa un futuro feliz, como si viviera en completa oscuridad.

Porque yo crecí en la época de oro de las princesas y novelas en las que el chico malo que te maltrata termina con flores en la puerta de tu casa. Y las amo, a las novelas. Y tal vez por eso, y otras cosas, es que estuve 7 años en una relación en la que no era feliz, en la que me sentía inferior, débil.

Pero mi presente es de otro color. Mi ahora es conmigo. Con los juicios que están adheridos a mí, por ser mujer. Porque mi biología me dice que tengo que ser madre y que tengo que apurarme. Porque si muestro mucho mi cuerpo soy una puta, porque si no lo muestro, soy una monja. Porque si lo muestro pero no quiero que me toquen, soy una histérica.

Porque alguna vez pensé en el "antes de los 30" tengo que... Como si estuviera en la punta de un precipicio, a punto de caerme. Porque después es peor, después vienen las arrugas, se caen las tetas, los ovarios se debilitan y las exigencias aumentan tanto como mis mañas. Y las miradas que juzgan, también. La de mi familia, mis amigos, los desconocidos y la mía, claro. Siempre la mía.

Y a veces, sólo a veces, creo que decir lo que pienso me juega en contra. Porque ser fina es ser discreta. El silencio es educación en una mujer. Sonreí y callate. O respondé: ¿Para cuándo un novio?, ¿para cuándo el casamiento?, ¿cuándo me vas a traer un nieto?, ¿y el segundo? Sonreí y callate. Sonreí y casate. Y sí. Pero no me quiero callar. No quiero taparme con 40 grados para evitar al pajero. No quiero dejar de salir con mis amigas a la noche. No quiero quedarme en silencio cuando los hombres hablan de política. Porque una mujer que habla de política es infumable, ¿no? No quiero levantar la voz para que me respeten. No quiero ser una princesa para que me rescaten, porque ya estoy a salvo, gracias. No quiero ser una desesperada por querer enamorarme, ni una trola por desear, ni una frígida por no querer acostarme con cualquiera.

Quiero que me dejen de pedir cosas por ser mujer. Quiero dejar de pedírmelas yo misma. Quiero dejar de ser un espejo de frustraciones ajenas. Quiero ser una naranja completa, sin sentarme a esperar la mitad con la que encajo. A veces lo soy, otras sólo quiero ser rescatada. ¿No era que ya estaba a salvo?


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