El hombre, la mujer y la mismísima piedra

Mi papá una vez me dijo "el ser humano es el único animal que se tropieza dos veces con la misma piedra". Habría que preguntarle a un biólogo o googlear para saberlo con exactitud. De todas maneras, no es mi tema, yo sólo escribo sobre los obstinados pensamientos que entran en mi cuerpo y caminan de un lugar a otro, como un virus que sólo se va cuando abro este blog.

El hombre, la mujer y el tropiezo. En las fiestas, sentí que tuve infinidad de motivos para brindar. El 2016 fue mi gran año. Raro, porque consistió en depurar cada dolor venenoso que había acumulado años anteriores. Mi piel, mis ojos, todo mi cuerpo lo resintió. Al final, el saldo fue positivo. Pero...Siempre hay un pero: enero vino con esa pregunta. Esa que llega rápido y se clava como una flecha directo al corazón. "¿Y AHORA QUÉ?". Claro, ahora que ya entendiste todo, ahora que tenés clarísimo qué es lo que necesitás, empieza la acción, ¿no? O debería.

Los 12 días que hay entre año nuevo y mi cumpleaños, es el delay que me tomo para plantarme esos objetivos predecibles que nunca cumplo o bien, que postergo. Porque PROCRASTINACIÓN. Pero ahora se trata de vencerla. Y creo que la vida, a veces, nos cuenta todo de una manera muy particular. CRUZÁNDOTE CON LA MISMÍSIMA PIEDRA. Esa, que te dejó el pie morado y hasta sangrando cuando te la diste. ¿Entendés? Ese dolor punzante como cuando te golpeás con la punta de un mueble por andar descalzo. Sí, me entendiste. La piedra llega, sin previo aviso, para ponerte a prueba y demostrarte que no alcanza con bla bla. Te enfrenta con cada uno de los miedos que, pensaste, habías superado. Te interpela, te hace tambalear y, sobre todo, te enamora. Te tienta a volver a ser el mismo de antes, como si no tuvieras cicatrices, como si fueras un niño ansioso que, en su afán por vivir, se trepa a los árboles sin el más mínimo cuidado, sin saber que se va a lastimar. Tal vez, deseoso de conocer el dolor. Ese que te hace crecer.

Hace unos días leí en el prólogo del libro "Lo que me dejan los 30", de Leandro Viotto Romano (que me compraré en breve) que "si te falta todo, menos paz, entonces no te falta nada". Y es tan cierto. Yo, por ejemplo, me crucé con la misma piedra de la que me salvé hace un tiempo. La misma: un poco más dulce, un poco más brillante y hasta más honesta, también. Ojo, tal vez no sea la misma. Ahora que lo escribo, me permito dudar. El problema es cómo me enfrento a ella. Si intento pasarla por encima, como ya hice antes, las cosas no van a salir bien. Si le paso por al lado, sin tocarla, quizá no pueda sentir el placer de mirarla de cerca. Si trato de llevarmela a la fuerza, el peso puede ser insoportable: voy a cansarme, a odiarla y a buscar cualquier excusa para dejarla tirada en cualquier lado. Si me propongo tallarla, tal vez esté demasiado tiempo trabajando, con la esperanza volverla una obra de arte. Pero esta piedra es dura y quizá haya llegado la hora esquivar piedras y encontrar alguna flor. Y saber eso me da paz.

Por ahí hay algo que todavía no aprendí, algo que la nueva -y mismísima- piedra me tiene que contar. Algo que no sé, alguna herida nueva que aún tengo que supurar.

Ahora, por el momento, sólo voy a sentarme a mirarla. Mientras decido, entiendo todo, otra vez. Y como sabemos, después de entender, hay que HACER.

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