El poder de la palabra
Hace una semana, leí el texto de Manuela Fernández Mendy sobre el horrible episodio que vivió en Palermo. "'Vení, putita': un intento de abuso en el pasillo de Juan B. Justo, en primera persona", me conmovió hasta las lágrimas y generó en mí un par de interrogantes de los que aún no encuentro respuesta. ¿Hizo bien en no hacer la denuncia? ¿Qué hubiera hecho yo en una situación similar? De algo estoy segura: hubiese escrito y publicado todo, igual que ella.
Con 29 años, tengo el privilegio de haber vivido el nacimiento y la evolución de los medios digitales. No sólo de las visitadas webs de noticias, sino también el crecimiento exponencial de las redes sociales. Una herramienta que, quizá, generaciones anteriores no entienden muy bien. La comunicación era sólo un lujo concedido a los tradicionales diarios y, tiempo después, a quienes aparecían en la caja boba, llamada televisión. "¿Qué está pasando en el mundo?" Está pasando lo que dice el diario, la tele, y los líderes de opinión. Esos pocos, los públicamente conocidos. Pero hoy pasa algo diferente que continúa siendo una fortuna destinada a aquellos que contamos con una computadora y una red de Internet. Podemos escribir, grabar videos y decir todo lo que pensamos, qué nos pasa, qué vemos, qué creemos.
Muchas veces me encontré furiosa, maldiciendo a los millones de usuarios que, desde sus casas, llenan los muros de Facebook y Twitter desgarrándose las vestiduras con cada asesinato o violación, con cada guerra, con cada presidente corrupto al que se le descubre algún chanchullo. Siempre decía: "La militancia de las redes sociales. Muy cómodos todos. Calentitos en su casa, mientras otros se mueren de hambre y frío", pero me dí cuenta yo era -y soy- una de ellos. Me carcome la culpa y me castigo todos los días por no hacer nada. Más que donar ropa, de vez en cuando, que tirar unas monedas cuando paso por al lado de una persona que pide a gritos alguien que la ayude, nada más que escribir y quejarme del egoísta y amedrentado ser humano. Los que me conocen, me habrán escuchado repetir esta frase sin parar: "¿Qué podemos esperar del tipo que tiene el turno de ocupar la silla de poder, si nosotros mismos vemos al otro sufrir en la calle y seguimos camino al trabajo, a la peluquería o quejarnos de los telemarketers que nos interrumpen nuestra miserable vida?". Estoy tan segura de lo que digo, que siento que no hay grises. O hacés algo o no hacés nada. O te importa o no te importa. No hay término medio. Y yo, yo no hago nada.
Estudié periodismo porque desde la adolescencia que creo en la palabra como un arma de defensa, pero también como un hilo conductor entre la realidad (subjetiva, claro, porque no existe la objetividad cuando se cuenta una historia) y los interlocutores. Hoy estoy en una disyuntiva, ya no sé si la palabra alcanza, pero entendí que tiene su poder.
Este es mi espacio y me cuesta no ser autoreferencial. También me cuesta no cambiar de escala y trasladar actitudes globales al pequeño, pero infinito, universo de las emociones. Y es que desde que pongo en palabras el remolino de sentimientos que me asedian, la lente que se interpone entre mis ojos y lo que veo, se limpió. Ahora es otro objetivo el que busco: que me escuchen. De todas maneras, entendí que el sólo decir, ya me ayuda a respirar mejor. Pero quiero más. Siempre quiero más. Pretendo que el otro se sienta hipnotizado por mis palabras, desate su empatía, que se contagie, que pronuncie esa mágica frase que anhelo oír: "Te entiendo".
Aún así, programada para hablar más que para hacer y con la voz interna que me exige cada vez más, descubrí una gran valentía en el decir. Lo entendí, primero, por la incomodidad y el dolor que me causó empezar a hablar sobre qué me pasaba, sacarme la ropa, mirar mi cuerpo y revisar cada espina clavada que tenía, y tengo, aún. En paralelo, no pude evitar poner el ojo en el otro y reconocer uno de los peores miedos que puede tener alguien. De las más horribles angustias y el mayor autoboicot. EL SILENCIO. La sumisión que nos convierte en víctimas atadas de pies y manos, y nos obliga a esperar que la magia suceda desde la quietud. Y la magia no sucede, ¿no?
Claro que no me refiero sólo a la verborragia. Hacer es también hablar pero creo que la palabra -muchas veces- es también acción. "Hay que tener cuidado con lo que se dice", "la violencia no es sólo física". ¿Entonces? ¿Repudiar una guerra en redes sociales no tiene valor? Podemos estar de acuerdo en que no alcanza, pero ¿no es un primer paso? ¿No hay que tener huevos u ovarios para contar un intento de violación en Internet? ¿No hay que ser valiente para decirle qué sentís a esa persona que tanto amás, aún con la certeza de ser rechazado? ¿No? No sé, pero al ver tanto cobarde por ahí, decidí darle más crédito a los mensajes explícitos. Por supuesto que callarse también es comunicación y da en el clavo, porque todas las atrocidades de la historia se llevaron a cabo gracias al silencio de los espectadores que miraban el show desde la ventana. Por eso, agradezco esta sobreestimulación de contenido. Y opto por hablar y ser lo más clara posible. Prefiero pertenecer al grupo de los que agotan todas las herramientas de nuestro preciado lenguaje. Y sí, recién después de eso, estoy en condiciones de pretender que me entiendan y me escuchen.
Reconozcamos, de una vez, *el poder de la palabra*.
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