¿Por qué no?

Nos cansamos de escuchar que lo que realmente importa es disfrutar del camino y no llegar. Que entender que cada piedra con la que nos chocamos, nos deja una herida pero viene en combo con un aprendizaje y un moretón de regalo. Que cada golpe nos hace mejores, más fuertes, más experimentados. Que cada desilusión, nos obliga a hacer un reset y volver a empezar con otro foco. Que cada vez que nos rompen el corazón, entramos en una crisis y aumentamos nuestra capacidad de discernir qué es lo que nos hizo mal y podemos volver a elegir, esta vez, mejor.  Que cada laburo en el que no somos felices, nos sirve para entender el mundo tan cruel en el que vivimos, y nos hace caminar más alertas en un suelo lleno de minas que pueden explotar en cualquier momento.
¿Y si lo que importa del viaje no es el camino, ni el destino, sino el por qué o el para qué?
Cuando queremos crecer en el trabajo, o cuando tenemos mil citas con personas diferentes para encontrar el amor, cuando nos bancamos un mal sueldo, un maltrato, la ansiedad ajena, los desplantes, la indiferencia, una falta de respeto, cuando buscamos el mejor vestido para impresionar a alguien, la foto perfecta para subir a Instagram, cuando estallamos en lágrimas porque algo no salió como esperábamos, ¿sabemos el para qué?
Si nos vamos a lastimar con las piedras, nos vamos a pinchar con las espinas de cada rosa que toquemos, si vamos a remar en dulce de leche para llegar a tal puesto, para alcanzar ese beso, para tener ese objeto de deseo que se disfraza de objetivo pero no es más que un sostén momentáneo, ¿no es mejor saber para qué queremos todo eso que nos cuesta tanto conseguir? Por ahí nos damos cuenta que no era ese camino que tanto barro tiene. Por ahí es otro, con otras reglas, con otros riesgos, otras espinas, otras flores, pero el tuyo. Tu por qué, tu para qué.

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