En ese punto

Mira fijo el fuego encendido en una vela aromática que compró cerca de su casa, mientras piensa que debió haberle sacado el plástico antes de prenderla. Es otra de las cosas que quiere, pero no planea cambiar. No va a apagarla. Deja el plástico y lo ve derretirse, sin inmutarse.

Está ahí, entre lo que su mente le dice y el cuerpo le responde. Como si estuvieran enojados uno con el otro. El aroma de la vela se mezcla con el olor a quemado y,  de golpe, siente que esa sensación la representa: desprendiendo una luz que ilumina su entorno más cercano, mientras se quema, mientras se derrite por dentro. Funcional al resto, esperando a que la encendieran y la apagaran de acuerdo a las necesidades. Paciente y melancólica. 

En ese punto, en el que se ya se había aprendido la teoría, pero había faltado a la práctica.
En el que ya no puede entender si su deseo es propio o ajeno.
En ese punto tan circular que cuando cree que es el fin, sólo vuelve a empezar.
Entre la cera de la vela y el plástico que la envuelve.
Cuando el agua muestra las primeras burbujas, pero aún no hierve.
En el que ya no queda más remedio que cortar las puntas florecidas.
Donde duele,  la humedad del techo crece y hay que arreglarla.
En ese punto, que ahoga, cuando suena la alarma y ya no quedan otros cinco minutos.
En octubre, el sol pega fuerte y no alcanza con cerrar ojos.
Cuando los ojos se humedecen pero aún no pueden soltar lágrimas.
El momento en el que el cajón donde guarda todo lo que quiere cambiar ya no tiene espacio, se cae, golpea el piso y el ruido la asusta.
Ahí. Quiere gritar y se calla.
Va de auto en auto, ocupando el asiento del acompañante, sin atreverse a manejar, aunque sea la única manera de ir hacia donde quiere ir.

¿Se quedará toda su vida en ese punto?
Está ahí. En ese lugar que la convirtió en compañera, en amiga, en una inteligente hija e impulsiva consumidora. Amante divertida. La chica de ojos tristes.

La veo con las tijeras, intentando cortar el hilo que la tiene atada sin resultados. Todavía. Porque nada se lo impide, porque sólo necesita encontrar el nudo, sacar el plástico, largarse a llorar y prenderse fuego. Aprender a manejar, a decir "no", cortarse el pelo, tirar lo que no sirve. Gritar. Despertarse.

Ella sigue mirando el fuego, yo voy a sacar el plástico.

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