Reivindicación del ego
Lunes feriado a la noche. Ayer volví de un viaje de trabajo en el que estuve nueve días con el cuerpo y la mente en servicio a los demás. Y esta es la mentira n°1 de este texto. Quizá, la última.
Tal vez me creí el cuento que dice que hay que ocupar la mente en cosas productivas para poder apagar la cabeza, pero lo cierto es que, en la última semana, estuvo tan encendida como el sol de un mediodía de enero.
En este viaje, el exterior me impuso una palabra que no puedo, ni quiero, dejarla librada al viento:"deconstrucción". Si bien no me siento aún preparada para sacar conclusiones sobre ella y sus efectos en mí, la proceso todos los días, la huelo, la pronuncio y no me da respiro. Pero traje otra palabra que apareció en mis sueños y en mis despertares y que no deja de hacerme preguntas: el EGO.
Una palabra que la mayoría entiende por un exceso de autoestima aunque yo siempre pensé que el ego era todo lo contrario al amor propio. El ego, para mí y hasta ahora, era la manifestación desesperada de una disconformidad absoluta con uno mismo. Era un pedido de ayuda, una señal de emergencia, el ladrido de un perro en una jaula, un grito de alguien que se está ahogando en medio del océano.
Fue tal la obsesión por profundizar sobre este concepto, que empecé a anotar en el celular algunas situaciones en las que mi ego o el de los demás se tornaba protagonista. En este mismo instante, por ejemplo, escribo y pienso en elegir las palabras correctas, en que se entienda qué quiero decir y en cómo lo percibirá la persona que lea el texto. Primero ¿alguien lo leerá?, ¿creerá que soy inteligente, aburrida o una imbécil? ¿Qué busco con tener un blog? ¿Sacarme lo que tengo adentro o creo que escribir algo que cualquiera pueda leer va a mejorar la imagen que tienen los demás de mí? ¿O sólo quiero que esa persona, y sólo esa persona, lo lea y diga "la amo"?
Subir una foto a las redes sociales y ver cuántos likes tiene.
Sentir que hacés bien tu trabajo. No, no alcanza. Que los demás lo reconozcan, mejor.
Vestirte con ropa que te haga sentir cómodo, lindo, admirado.
Verte comiendo una fruta, después de resistir la tentación de un chocolate que tuviste ahí, tan cerca, pero pudiste, lo lograste, lo evitaste.
Imaginarte a un otro amándote. Imaginarte a ESE otro amándote, besándote, riéndose con vos.
Ganar una discusión política.
Ganar cualquier discusión. ¿Se gana una discusión?
Ayudar a alguien y ya con eso sirve. Si te agradecen...uff. Y si los demás se enteran, mamita.
Reírte de otros, criticar a otros para hacerte el capo en un grupo de pertenencia.
Correr una maratón.
Terminar un libro y sentirte más sabio.
Terminar cualquier cosa que hayas empezado.
Estar seguro de qué querés hacer. Estar seguro de algo, punto.
Sentirte líder.
Sentirte cerca del líder.
Tener razón y que los demás se den cuenta.
Tener razón y que los demás se den cuenta.
Ver a otro desesperado por vos.
Ver a otro gozar por vos.
Ver a otro gozar por vos.
Ser consejero, confidente, protector, controlador.
Tirar un chiste de salón y que los demás estallen de risa.
Un mensaje que llega y dice: "Hola, estaba pensando en vos".
Provocar una sonrisa en la persona que amás.
Ignorar a quien te lastima.
Sentirse amado, reconocido, parte de algo más grande. Sentirse cuidado, sentirse admirado, sentirse cómodo y valiente, fuerte y divertido. Sentir que vinimos al mundo para ser felices. Al final todos queremos eso ¿o no?
Y en la definición está clarito. Sin entrar en las diferencias entre el ello, el yo y el superyo, el ego es "la instancia en la que el individuo se reconoce como yo y es consciente de su propia identidad". Entonces, entre la búsqueda de satisfacción momentánea y la necesidad de amor y aceptación, estamos nosotros. Dando pasos, algunos cortitos, otros más largos, queriendo ser mejores personas. A veces nos confundimos, sube la inseguridad y nos sentimos indefensos en medio de un precipicio en el que para sobrevivir, debemos empujar a otro. Y ahí todo se vuelve oscuro y el empujar a otro nos da culpa y el miedo a quedarnos solos crece como 5 metros de golpe.
En el mejor de los casos aparece la culpa. Otros ni siquiera se permiten sentirla y están inmunizados para seguir en pose sin auto-juzgarse.
Pero entonces, creo que el ego no es el problema. El ego es querer pertenecer y recibir amor. Reconocer qué queremos y qué no queremos. Superarnos cada día y que el mundo lo vea. Que nosotros mismos lo veamos. ¿Y cuál es problema? La poca honestidad, amigues.
Tanta vergüenza nos da aceptar que buscamos amor. Que no queremos estar solos. Que necesitamos sentir que nuestro esfuerzo valió la pena. Tanta humillación es pedir ayuda, aceptar que necesitamos de un otro para casi todo y que si no lo necesitamos, simplemente lo queremos. Porque podemos dormir solos, pero no hay nada más hermoso que abrir los ojos y ver a esa persona tan cerca, tan dormida, tan abrazable.
Y tanta bajeza es admitir que el trabajo en equipo es mucho más productivo que la autoridad. Que nuestro cuerpo se deteriora con el tiempo y eso nos hace temblar del miedo. Miedo a no gustar, miedo a no poder hacer, miedo a morirnos sin haber hecho lo que vinimos a hacer: ser felices.
Otra vez. Todo lo que escribo termina siendo una llamada a la honestidad y, puede sonar raro, pero a veces mi exceso de verdad me perjudica y me aleja de los pedidos de mi ego. Pero entonces, empiezo a entender que -en realidad- mi forma de ser le está enseñando a mi ego que no todo llega cuando él quiere. Que está bien quererlo todo pero no por sobre cualquier cosa. Y si el deseo no se encuentra con mi sinceridad, entonces no era un buen sueño, sino un capricho del ego que busca recompensa constante.
Eduquemos nuestro ego, sin castigos, con paciencia. Con besitos a uno mismo a la mañana y a la noche. Y con verdades, las nuestras que no son las únicas (eso te dolió, ¿no, EGO?).
¡Feliz navidad!
Un mensaje que llega y dice: "Hola, estaba pensando en vos".
Provocar una sonrisa en la persona que amás.
Ignorar a quien te lastima.
Sentirse amado, reconocido, parte de algo más grande. Sentirse cuidado, sentirse admirado, sentirse cómodo y valiente, fuerte y divertido. Sentir que vinimos al mundo para ser felices. Al final todos queremos eso ¿o no?
Y en la definición está clarito. Sin entrar en las diferencias entre el ello, el yo y el superyo, el ego es "la instancia en la que el individuo se reconoce como yo y es consciente de su propia identidad". Entonces, entre la búsqueda de satisfacción momentánea y la necesidad de amor y aceptación, estamos nosotros. Dando pasos, algunos cortitos, otros más largos, queriendo ser mejores personas. A veces nos confundimos, sube la inseguridad y nos sentimos indefensos en medio de un precipicio en el que para sobrevivir, debemos empujar a otro. Y ahí todo se vuelve oscuro y el empujar a otro nos da culpa y el miedo a quedarnos solos crece como 5 metros de golpe.
En el mejor de los casos aparece la culpa. Otros ni siquiera se permiten sentirla y están inmunizados para seguir en pose sin auto-juzgarse.
Pero entonces, creo que el ego no es el problema. El ego es querer pertenecer y recibir amor. Reconocer qué queremos y qué no queremos. Superarnos cada día y que el mundo lo vea. Que nosotros mismos lo veamos. ¿Y cuál es problema? La poca honestidad, amigues.
Tanta vergüenza nos da aceptar que buscamos amor. Que no queremos estar solos. Que necesitamos sentir que nuestro esfuerzo valió la pena. Tanta humillación es pedir ayuda, aceptar que necesitamos de un otro para casi todo y que si no lo necesitamos, simplemente lo queremos. Porque podemos dormir solos, pero no hay nada más hermoso que abrir los ojos y ver a esa persona tan cerca, tan dormida, tan abrazable.
Y tanta bajeza es admitir que el trabajo en equipo es mucho más productivo que la autoridad. Que nuestro cuerpo se deteriora con el tiempo y eso nos hace temblar del miedo. Miedo a no gustar, miedo a no poder hacer, miedo a morirnos sin haber hecho lo que vinimos a hacer: ser felices.
Otra vez. Todo lo que escribo termina siendo una llamada a la honestidad y, puede sonar raro, pero a veces mi exceso de verdad me perjudica y me aleja de los pedidos de mi ego. Pero entonces, empiezo a entender que -en realidad- mi forma de ser le está enseñando a mi ego que no todo llega cuando él quiere. Que está bien quererlo todo pero no por sobre cualquier cosa. Y si el deseo no se encuentra con mi sinceridad, entonces no era un buen sueño, sino un capricho del ego que busca recompensa constante.
Eduquemos nuestro ego, sin castigos, con paciencia. Con besitos a uno mismo a la mañana y a la noche. Y con verdades, las nuestras que no son las únicas (eso te dolió, ¿no, EGO?).
¡Feliz navidad!

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