La distinta

Precaución: este post está lleno de etiquetas, estereotipos y generalizaciones. No apto para personas que ven el árbol y no el bosque, y no recomendado para quienes se creen 100% libres de prejuicios, como si eso existiera.

Un día decidí no encajar.

Quizá fue cuando iba a la escuela primaria y era una de las pocas hijas de padres separados en una época en la que el divorcio crecía, pero que en mi pequeño mundo de colegio privado lleno de judíos de clase media y clase media alta, era aún un tema tabú.

Quizá fue más tarde, cuando en otro colegio privado y mucho más cool, con un alto promedio de casas en countries, mi vestuario variaba entre cinturones de tachas en los jeans y pantalones de bambula. A veces usaba unos con rayas verdes, amarillas y rojas y cuando quería algo más tranqui, el de rayas blancas y negras. En el pelo, tuve mi época de rojo vino y otra fuerte de negro azabache. Arito en la nariz, una rasta que me había hecho en la playa y al menos tres collares que usaba al mismo tiempo.

La típica adolescente que busca un estereotipo pero, casualmente, no compatible con el nicho cotidiano. Vale decir que tenía otro grupo de amigas fuera del colegio que compartían un poco mi look.

En la secundaria tenía mis amigas y para todo el curso, yo era la hippie. Mi ropa intentaba comunicar qué música escuchaba y hasta creaba ideas falsas sobre mi vida sexual. Con 15 años, apenas había besado a un par de chicos, recién empezaba a probar el alcohol y cuando volvía a mi casa, tomaba una chocolatada y veía -super concentrada- Rebelde Way.  Pero para muchos, sin conocerme, escuchaba Metallica y "seguro fumaba porro todos los fines de semana".

Digamos que mi personaje me protegía de mi no tan pronunciada redondez adolescente y mis rulos que no encajaban con el flequillo al costado de la época. Supongamos que me creía especial por vestirme así y escribir poesía en mi casa (algo que casi nadie sabía). Y me creía especial porque en las telenovelas que veía, la distinta se quedaba con el príncipe azul que vencía prejuicios. El príncipe renunciaba a su chica típica de pelo lacio, flaca y bien vestida, y se enamoraba de la pobre o hippie o rebelde poeta. Incluso, de la "fea".

Y tuve mi novela adolescente con el chico más popular del curso. Fue larga, la pasé bien, pero no era el príncipe azul. Pobre, el peso y la responsabilidad que le tiré.

Más tarde, estuve 7 años en una relación distinta. Una mierda, pero distinta. Con diferencias que defendía a capa y espada y que abrieron mi cabeza, sin dejar de lastimarme.

El para qué de todo esto es una obviedad. También podría ser obvio que dejé ese papel una vez que salí de la burbuja judía y empecé a leer. Pero no todo es tan simple en mi mundo. En Gigilandia, como dicen mis compañeros de trabajo cuando estoy en uno de mis estados de desconexión.

(A los 16, me creía mil con eso en la cabeza)

Al parecer, dejé de usar pantalones de bambula pero nunca abandoné la idea de que soy LA DISTINTA.

Entre las susanitas, demasiado feminista.
Entre las feministas, demasiado apegada a las estructuras. Casi machista.
Entre los K, una zurdita.
Entre los macristas, una mera K.
Entre los zurdos, muy de derecha.
Entre los intelectuales, una ignorante.
Entre los simples, demasiado compleja.
Entre los superficiales, un aburrida intelectualoide.
Entre los elevados, una ingenua.
Entre los rebeldes, una cobarde.
Entre los callados, demasiado revoltosa.
Entre los millennials, muy tradicional.
Entre los de la vieja escuela, la aventurera...
En fin. ¿Se entendió el concepto?

El pelo muy salvaje y amante del rosa. Sensible, muy apegada. "Sos demasiado inteligente", pero la puta madre. Me creo mil. Profesión con poca estructura y muy cagona para tanto desafío.

Al final, siempre me paré del otro lado.
Sostener que soy la distinta me ha llenado tanto de placeres como de consecuencias poco felices.
Lo cierto es que LA DISTINTA se me cae en el medio de una conversación de no más de 20 minutos.

"¿Cómo? ¿Vos te querés casar? No te tenía tan clásica", "no te tenía tan buena", "no te tenía tan minitah"

Pero es que no soy ni tan clásica, ni tan buena, ni tan minitah. Sí, ya sé, todos ponemos etiquetas. Yo también.

Fuera de la primera impresión y después de la conversación, aparezco yo. Cuando me gusta que esté todo bien y cuando hago un chiste ácido. Cuando discuto y saco mi discurso progre y cuando me pido turno para hacerme las manos. Esa. La que piensa demasiado, escribe y dibuja y la que ama estrenarse un vestidito. La fanática de Cris Morena que se emociona con películas como El Faro. La que no tuvo una infancia rosa, pero fue una nena malcriada que tuvo todo o casi todo. La que canta y se cree que canta bien. La que tiene esa necesidad tan fastidiosa de caerle bien a todo el mundo, sentirse querida y valorada por todos. Porque es especial pero no tanto como para no encajar.

Encajar, participar, comunicar.

Todo esto pensé durante mis vacaciones de un mes.

Hola 2019. Sos un año especial, como yo.

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