El disfraz
Soy fan de creer que en esta vida, todo se entrena. Todos los días tenemos experiencias —elegidas o no— que provocan aprendizajes. La práctica hace al maestro, dicen, y funciona en el deporte, la resistencia física, la carrera universitaria o, incluso, el armado de un rompecabezas. La práctica, la llave del resultado.
Creo que desde hace unos tres años, mi entrenamiento se ha basado en identificar disfraces. A veces a quitármelos y a veces a ponérmelos. Pero, en principio, se agudizó mi capacidad para verlos. Los míos, los tuyos, los nuestros.
Hoy me puse a pensar en un disfraz que no sabía que era disfraz. O tal vez lo sabía, pero no había logrado detectar qué escondía.
En una fiesta de disfraces, lo divertido es elegir el personaje, crearlo y que nadie te reconozca. Bueno, a veces no hay tiempo, uno se disfraza con lo poco que tiene a mano y se nota a primera vista quién es quién.
Y podría tirar frases ahora como "la vida es una fiesta de disfraces" porque mostramos nuestras diferentes caretas dependiendo del contexto. Una obviedad para el elevado poder analítico de quienes me están leyendo. Sí, sos crack. Pero abrí el blog con la intención de escribir sobre un disfraz en particular que no sabía que era disfraz. O tal vez lo sabía.
LA CULPA
La culpa es una emoción que nos lleva directamente a una serie de palabras: perdón, castigo, merecimiento, responsabilidad.
Siento culpa porque hice algo malo o porque estoy recibiendo beneficios que no merezco. O alguien me dijo que no me lo merezco, entonces no debo.
Me da culpa un elogio
Me da culpa comer algunas cosas
Me da culpa el sexo
Me da culpa recibir amor
Me da culpa pedir un aumento de sueldo
Me da culpa recibir ayuda
Me da culpa ayudar y que no sea suficiente
Todo nos da culpa.
Una vez alguien me dijo "me gustás mucho pero me da culpa, mucha culpa". El horror. Le daba culpa no poder tener control sobre lo que pase. Le daba culpa la idea de lastimarme, le daba culpa el pasado, el presente y el futuro. Le daba culpa porque realmente creía que era responsable de todo. El protagonista y el dueño de todas las emociones que se pusieran en juego entre los dos.
Ahí está. A veces, la culpa es disfraz que esconde el deseo de control absoluto sobre las consecuencias de nuestros actos.
El ser responsable y, por ende, culpable de todas las reacciones y emociones del otro, es un concepto que está bueno. Que nos hace más empáticos, más solidarios y nos propone hacernos cargo como seres humanos de nuestro poder para cambiar las cosas. Me gusta esta idea, en general. Pero —y siempre tengo un pero— a veces, es un arma de doble filo. Porque el discurso del culpable nos hace víctimas, nos muestra vulnerables hacia el otro y es un llamado de atención muy evidente. Nos convierte en protagonistas. Y ¿a cuántos de nosotros se les infló el ego por creer que eramos capaces de provocar sufrimiento en otra persona? La sensación de poder, disfrazada de culpa.
Hace poco leí "La ignorancia", de Milán Kundera y justo cuenta esto:
Hace poco leí "La ignorancia", de Milán Kundera y justo cuenta esto:
"Entre sollozos, me besó. Estuve extremadamente atento a cada manifestación de su dolor y lamento no acordarme ya del número exacto de sus sollozos"
"Levantó la cabeza hacia mí y sus labios temblaban". En el diario, la palabra "temblaban" estaba subrayada.
"¡Ay, ese mocoso! Lo ve mientras se fijaba en los labios de la chica, los labios que temblaban descontrolados a su pesar, ¡descontrolados! ¡Debió excitarse como si presenciara un orgasmo" ¡Tal vez hasta se le pusiera tiesa! ¡Seguramente!"
El orgasmo de sentir que alguien sufre por nuestra culpa. Y el placer no termina, porque después llega el momento de contarle a alguien la triste historia de esa persona a la que lastimamos. Ebriedad de dominio.
Va otra: si decimos que no nos merecemos algo, cuando trabajamos mucho para conseguirlo, en realidad estamos buscando que otra persona nos valide ¡y en voz alta!. Porque el disfraz de víctima parece que garpa, pero no. Sólo es nuestro ego, buscando sentirse importante. No querido, importante, poderoso, aplaudido.
Entrenemos, entonces, la distinción entre la responsabilidad y la culpa. La empatía y la culpa. La revisión y la culpa. La culpa real y la culpa que usamos como una herramienta para lograr que el otro haga exactamente lo que queremos.
Si no te revisás, repetís.
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