Quién me amará más


Veo mi vida como si fuera un entramado de escenas de una telenovela dramática. Me di cuenta de esto anoche, antes de dormir. Entendí que mi cerebro funcionó así siempre. Cuando tengo un plan, visualizo en detalle lo que sucederá o mejor, lo que quiero que suceda.

El otro día vi por tercera vez la película “500 days of Summer” y la escena en la que se divide la pantalla y muestra, en simultáneo, la expectativa y la realidad, es tan maravillosa como dolorosa. No creo ser la única persona que vive a través de la expectativa, pero anoche sentí algo diferente. Vino a mí un pensamiento revelador, como si hubiera descubierto un secreto.





Cuando construyo imágenes mentales de mis deseos, de las conversaciones que me encantaría tener, de las palabras que amaría escuchar del otro, de los logros que alcanzaría si no fuera tan cobarde, me veo a mí misma. Ahí, completa. Porque una cosa es imaginar que estoy viviendo algo desde mis ojos, como si fuera real, y otra muy distinta es ver la situación como si estuviese en el cine y me sentara en la butaca a ver una serie de cortometrajes sobre mis expectativas. Ella, la protagonista que vive mis deseos, es otra, no soy yo.

La espectadora, la que juzga si la escena está bien o está mal, si es coherente con la realidad, si es honesta, si es creíble o una farsa inverosímil, si es posible o no, si los obstáculos que hay que sortear para llegar son soportables, si está bien iluminado el espacio y es estéticamente aceptable. Entre la que soy y la que quiero ser, entre la vida que tengo y la que quiero tener. Hay alguien ahí.

Esta distinción es apenas la punta del iceberg. El concepto iluminador que comencé a esbozar tiene que ver con una sensación que tuve toda mi vida y que, por cierto, las telenovelas tuvieron su papel principal, pero no protagónico, para generarla. Cada decisión que tomé en mi vida, desde vestirme hasta anotarme en una carrera universitaria, tuvieron un para qué único y constante: gustarle a un otro, otra, otre. Me resulta imposible ver otro propósito porque es ese el que me persigue sin descanso. Es como si en cada minuto, cambiara de lugar las fichas de un rompecabezas para formar una foto de mi vida que represente lo que los demás esperan de mí, sin segmentar el público. Porque no tengo un target específico, necesito que me quieran todos. Los transgresores, los conservadores, los de izquierda y los de derecha, los que pretenden de mí una mujer, futura madre de familia y los que me ven como una persona profunda e inteligente a la que le falta un golpe de horno para ser, de verdad, quien quiere ser. Supe ser sumisa, aprendí a liderar, asumí el papel de loca y violenta en una época y me salía bastante bien. Fui amante, fui cornuda, fui el amor imposible y la compañera perfecta. Fui empleada, tuve intentos emprendedores, fui la distinta y también, aprendí a ser una más.

En estos últimos días, he dado vueltas sobre las frase “elegir es renunciar”, “todo no se puede” y racionalmente las entiendo. Todo no se puede. Cuando querés hacer todo, terminás haciendo nada o, peor, un poquito de cada cosa. Pero, entonces, la conclusión que no es más que una puta pregunta, se instaló en mi cerebro anoche y parece que no se quiere ir. Esa espectadora no soy yo, tampoco. No soy la de la pantalla ni la que está sentada en la butaca, como representante de todas esas miradas ajenas a las que quiero complacer. 

Qué quiero para mí es una pregunta, cuya respuesta está teñida por quién me amará más cuando lo sepa, lo diga y lo haga. 

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