Personas y biciletas
Fui ella misma. Le demostró con ojos abiertos y una mirada letal, que se moría por un beso. Su voz le tocaba la piel y la sentía como uñas que se pasean por el estomago. Él fue muy él, demasiado. Ella revolvía para sacarle algo más, pero la charla parecía fluir sin que nadie puediera hacer nada.
- Está la gente común y corriente, y la gente retorcida. Dijo ella.
- ¿Y por qué no buscás a alguien común? Preguntó él.
- Porque los retorcidos me encantan.
Por dentro, siempre soñó con que el retorcido cambie por ella, aunque tuviera claro que eso nunca pasaría.
Lo fácil y los desafíos. Pensar que las personas son como una bicicleta sin rueditas. Uno se sube con el deseo profundo de tomar el control, con ese miedo tan placentero como doloroso. Poner los pies en los pedales, tomar el manubrio y pensar: "Me vas a sostener. Voy a hacer equilibrio y te voy a obligar a llevarme exactamente a dónde quiera estar. Te agarraré fuerte con las dos manos y voy a rozar los frenos con los dedos, por las dudas. Vas a protegerme de las piedras del camino y moverte tal cual lo planifique medio segundo antes. Me harás sentir segura, en carrera. Avanzando, siempre hacia adelante. Vamos a caer juntas, claro, pero te voy a levantar. No necesito que seas simple, corriente y con rueditas. Porque yo soy capaz de mantenerme sobre vos, aunque seas inconstante, aunque pierdas el equilibrio, aunque cualquier conductora te tibie el asiento".
Pero la paz te la dan las rueditas. Y uno espera que lleguen con colores, que sean especiales, pero siempre con rueditas. Porque las personas no son como las bicicletas. No basta con tomar el control.
Volvió a su casa con los labios llenos de cosquillas de los besos que se habían dado, y el corazón que latía como si hubiera soltado una piedra muy pesada. Ahí se dio cuenta que ella no tenía rueditas y que es muy dificil obligarse a tenerlas.
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