Cuando el placer se escapa
Vivir del placer. De una autocaricia a otra. El azúcar en el paladar, el rosa del salmón frente a mis ojos, la explosión del orgasmo y el aroma a esencia de vainilla. Los dedos de una mano tocando la otra, la serie que me duerme, la película que transforma mi vida en un paraíso al lado de la oscura pesadilla que viven los protagonistas.Y si es bélica, mejor. La búsqueda de placer para apalear el estrés diario.
Placer constante. Sin pausa. No vaya a ser que la serotonina se me escape por un hueco y entren preguntas con respuestas que me llevan a un solo lugar. No hay carteles, no hay direcciones, no hay coordenadas ni pistas. No hay migas de pan que pueda usar como guía ni recomendaciones en blogs sobre qué visitar una vez que llegue.
Cuando se detiene el placer y entran preguntas, las respuestas funcionan como el subte directo a la estación final: mi cuerpo. No hay salida. Es mi cuerpo, mi mente, mirada, son mis ideas, emociones y acciones. Es el mundo que me creo cuando no uso al contexto como excusa.
La respuesta y la pregunta: es mi cuerpo conectado con cada recurso que uso para sobrevivir y hoy parece estar en riesgo. Y el mundo me pide que pare y ahí aparecen los agujeros. Qué hacer con tantas preguntas. Qué hacer cuando las respuestas nos enfrentan. Cuando no queda otra que hablar. Porque el tacto hoy se fue a descansar y lo odiamos, lo extrañamos, queremos que vuelva. Es más fácil tocarnos que decir lo que nos pasa. Cada palabra aparece como una molestia que no puedo aliviar ni siquiera con "la calle es un caos, necesito apagar el cerebro".
Y cuando el cuerpo para y el placer tal como lo conocemos, como consumo insaciable y privilegiado, se desvanece, no queda otra que escucharnos.
Y cuando el cuerpo para y el placer tal como lo conocemos, como consumo insaciable y privilegiado, se desvanece, no queda otra que escucharnos.
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