Pandemia: miedos privilegiados
Privilegio. Palabra que uso mucho por estos tiempos. Como si pronunciarla me hiciera más empática con los que no pueden quedarse en su casa, porque no tienen casa, o con quienes no saben cómo pagarán el alquiler cuando se termine el congelamiento, o con los que están solos, o las que cuarentenean con un violento. Ser consciente de que hay personas en una situación más complicada que la mía no es igual que ayudarlas.
Entonces, prefiero admitir que, en este caso, uso la palabra privilegio como un aviso a quien lea este post. Levanto la mano antes de que me juzguen: tengo miedos privilegiados en tiempos de COVID-19 o coronavirus, para los amigues. Miedos que no tienen que ver con la muerte o con la crisis económica global (aunque ambas consecuencias me preocupan muchísimo, sobre todo por tener padres grandes y uno con Epoc). Pero no por eso hay que negarlos y meterlos debajo de la alfombra, porque las alfombras tienen sus límites y la tierra siempre termina saliendo por alguna esquina.
Tengo miedo de estar quieta. Los que me conocen saben, en el fondo, a qué me refiero. En lo personal, estuve quieta muchos años. Física y mentalmente. Pasado y presente; hoy también me pasa. Me da fiaca levantarme de la cama, me cuesta horrores sostener hábitos saludables y el tiempo que me lleva caminar desde una gran idea hasta el principio de un proyecto, puede ser infinito.
Mi faceta de los últimos años fue virando hacia la hiperactividad, tal vez. Con días de workaholic y un aumento importante de responsabilidades, decidí cursar el ciclo de Licenciatura en Comunicación, además de la diplomatura que cursé el año pasado y la vida social e íntima que intento tener. La persona que soy hoy, en cierto punto, me enorgullece. Pero la costumbre mata al placer.
En la era pandémica, estar en la cama me trae malos recuerdos. Imágenes de épocas oscuras en las que miraba televisión y dejaba que la vida pase como el agua en el inodoro. Yo misma tiraba la cadena.
Debo confesar que me abruma la cantidad de personas compartiendo sus actividades de cuarentena en redes sociales. Clases de gimnasia (que también hice un par de veces), yoga, cursos de idiomas, limpieza general de la casa, platos elaborados, algunes terminando la tesis y los excesivos mensajes que te piden, te exigen que NO PARES. No pares. Y yo también soy partícipe de todo esto.
Ya cociné, ya hice la rutina cardio, ya leí los apuntes de la próxima clase, ya tuve sexo, ya limpié (ponele), ya compartí la frase motivadora de Mía Astral que llama a sus lectores a aprovechar este tiempo para trazar nuevos objetivos.
Con lo que me costó salir de la cama. ¿Qué voy a hacer con el miedo privilegiado a ser cada vez menos productiva, menos sana y más quieta?
Drexler dice, "si quieres que algo se muera, déjalo quieto". Es una lucha interna que me agota tanto. Me agota acá, desde el sillón, con la tele prendida. Levanto la vista, mientras escribo, y veo que la película en pantalla es "About time". El protagonista puede viajar en el tiempo para rehacer todo lo que le sale mal. Lo absurdo es que si tuviera ese poder no sé si lo usaría. Soy mucho mejor ahora.
Esta pandemia me da miedo. Me da miedo ser la de antes. Me da miedo que todo dependa tanto de mí y de lo que hago con cada minuto. Con las ganas de hacer algo que me haga vibrar la panza y en vez de eso, busco una serie que ya vi, así no tengo que concentrarme para desconectarme de la realidad. Como si estar en casa no fuera ya suficiente desconexión.
Hace ocho años, en un curso de escritura, escribí "quedarme quieta no es una opción". El rollo con el movimiento y la responsabilidad viene desde mi infancia. Aunque prefiero pensar que no estoy sola. Que esto que me pasa, más allá de la personalidad que fui construyendo con el tiempo, no es cosa individual. Esta necesidad de hacer muchas cosas no puede ser solo mía. Este mandato de productividad atraviesa a toda una generación hiperconectada, de clase media, que siempre puede avanzar un escalón, porque siempre se puede ser mejor. ¿No se trata de eso la vida? ¿El sentido no es siempre hacia adelante?
Qué ganas de no sentir culpa cada vez que veo el reloj.
Aquí, una de cuando estaba en movimiento y casi casi en el cielo.

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