Reprobé
"Ahora vamos a soltar", dijo Liz, una especie de gurú de la meditación que da cursos e invita a señoras de más de 50 a retiros detox para depurar el organismo y las emociones.
En el fin de semana súper largo no tuve mejor plan que ir a ese retiro. Mi amiga Flor me dio la idea, porque su profesora de meditación se lo había recomendado. "¿Por qué mejor no vamos a un spa a que nos pongan pepinos en la cara?", me tiró. "Yo voy igual. Si no querés, no vengas". Y vino.
Tres días en la costa, sin sólidos. Jugos de espinaca y jengibre, sopas y té de yuyos extraños eran parte del menú del día. Bueno, de todo el fin de semana. Después de un año de excesos que incluyeron al tabaco, las harinas refinadas y las grasas en su máxima expresión, la idea de una desintoxicación vino a mí con la esperanza de volver con 4 kilos menos, la piel perfecta y con el autoestima cinco centímetros más arriba.
El trend topic del grupo era SOLTAR. Con algunas posiciones de yoga para las cuales soy pésima, una respiración consciente que no logro sostener y la fantasía de no mirar el celular -que jamás apagué- sentí que eso era lo mío. Y claro. Tres días sin laburar alrededor de bosques y a metros del mar, siempre va a ser lo mío.
Hablando de soltar, la segunda noche nos reunieron en una sala con el objetivo de apaciguar el dolor que aparece cuando perdemos algo, o a alguien. "Conéctense con ese momento. Con los ojos cerrados, traten de localizar ese sentimiento, ese dolor, esa tristeza". La realidad...Mi realidad, es que estuve un año entero con esa depresión de novela berreta del mediodía. (Sin contar los años anteriores en que mi vida era como una montaña rusa en la que subía, me preparaba para tirarme y disfrutar del sufrimiento y el vértigo como una desquiciada y cuando terminaba, volvía a hacer la cola para subirme otra vez. Pagando, claro).
Pero aunque la rebeldía edulcorada siempre fue una constante en mí, nunca quise decepcionar a la autoridad. Así que me propuse cumplir con la consigna. Irme a la costa un fin de semana a restringir los sólidos y acordarme de momentos de mierda para poder soltarlos.
Cerré los ojos, respiré profundo para dejar entrar el prana y pensar en mi ex. Sí. Soy una privilegiada. La verdad es que no perdí mucho en mi vida, más que a mi adorada abuela, pero los abuelos en algún momento se van. Sin olvidar los celulares, las llaves, las remeras y los 1000 dólares que perdí una vez en la calle. Sí, perdí mil dólares y fue el único día en que mi papá me insultó. "Sos una pelotuda". Lloré mucho esa vez...Pero ahí estaba. En el salón de utilidad múltiple de un complejo de cabañas en Mar de las Pampas y no podía pensar en otra cosa que en mi ex novio, a un año de terminar.
Mientras intentaba sentir el dolor de la pérdida, escuchaba una canción melódica y la voz de Liz que nos guiaba al sufrimiento. Además de eso, lo único que se escuchaba era la respiración del resto. Éramos 20. Después de unos minutos, sentí que a los demás el ejercicio les surtía efecto. No hubo ningún cambio en el sonido del aire que entraba y salía de la nariz y la boca de los otros pero hubo algo que me decía que los demás ya estaban mal. ¿Y yo? A mí, que siempre me saqué 8 en la facultad no me estaba saliendo.
Hice fuerza, me acordé de mis ataques de ira, de la cara de mi ex odiándome, de las puteadas, de la serie que me obligaba a ver y me aburría, de su poderosa Play 4. También me acordé de lo lindo. De los mimos, de la compañía, de como nos cagábamos de risa juntos en la cama, de los nachos con queso cheddar. Y ahí de nuevo a las puteadas, los celos, la certeza de el hilo que nos unía era más débil que el gancho de una pulsera de mala calidad. Pero nada funcionó. Reprobé. No pude llorar, ni angustiarme, ni siquiera se me vino un chocolate a la mente. Nada. Bueno, nada no. Estaba feliz.
Estoy feliz. Me tenía que desintoxicar para darme cuenta. La comida siempre tapa todo, dicen. En mi caso fue así. La ciudad, la oficina, los mails que no leo pero que no dejan de llegar, el celular que es para mí como la lupa de Gadget y me sirve para mirar la vida de los demás y tratar de entender cómo carajo hacen para subir fotos todo el tiempo con sonrisas y paisajes paradisíacos, no me dejaron ver lo feliz que estaba.
La cosa es que estoy subiendo a la montaña rusa, sé lo que viene después, pero ya lo puedo disfrutar. Porque mi asiento es seguro, porque me lo merezco, porque pagué la entrada con esfuerzo y entendí que nada es gratis, pero lo vale. Porque tengo un poco de miedo y está bien, me sirve. Aunque sea para que la voz de mi cabeza me diga "yo te avisé". Porque soy tan buena persona que mis amigos tienen ganas de decirmelo cada vez que pueden. Porque me quiero y me quieren. Porque soy una privilegiada. Porque ya solté algunas cosas y otras las estoy agarrando fuerte para que no se escapen. Porque mi "para siempre" dura algunos años y eso me da la pauta de que todo puede cambiar si quiero. Porque hace un tiempo que ya no tengo filtro y eso me encanta. Porque lo que no se dice, sale por lugares que no están tan buenos. Entonces es mejor usar las palabras. Hacerlas nuestras amigas para que nos ayuden a mostrarnos tal cuales somos. Sin personajes. Sin esperar aprobaciones del de al lado, que es igual de que nosotros. Que se siente un pelotudo, igual que vos. Y juega a sumar puntos para canjearlos por logros que jamás quiso tener.
Entonces reprobé. Amé ir a ese retiro.
Ahora voy a comer moneditas de chocolate y ver una novela brasileña que me enseña que el amor va a venir en forma de príncipe de Egipto y me va a rescatar.
En el fin de semana súper largo no tuve mejor plan que ir a ese retiro. Mi amiga Flor me dio la idea, porque su profesora de meditación se lo había recomendado. "¿Por qué mejor no vamos a un spa a que nos pongan pepinos en la cara?", me tiró. "Yo voy igual. Si no querés, no vengas". Y vino.
Tres días en la costa, sin sólidos. Jugos de espinaca y jengibre, sopas y té de yuyos extraños eran parte del menú del día. Bueno, de todo el fin de semana. Después de un año de excesos que incluyeron al tabaco, las harinas refinadas y las grasas en su máxima expresión, la idea de una desintoxicación vino a mí con la esperanza de volver con 4 kilos menos, la piel perfecta y con el autoestima cinco centímetros más arriba.
El trend topic del grupo era SOLTAR. Con algunas posiciones de yoga para las cuales soy pésima, una respiración consciente que no logro sostener y la fantasía de no mirar el celular -que jamás apagué- sentí que eso era lo mío. Y claro. Tres días sin laburar alrededor de bosques y a metros del mar, siempre va a ser lo mío.
Hablando de soltar, la segunda noche nos reunieron en una sala con el objetivo de apaciguar el dolor que aparece cuando perdemos algo, o a alguien. "Conéctense con ese momento. Con los ojos cerrados, traten de localizar ese sentimiento, ese dolor, esa tristeza". La realidad...Mi realidad, es que estuve un año entero con esa depresión de novela berreta del mediodía. (Sin contar los años anteriores en que mi vida era como una montaña rusa en la que subía, me preparaba para tirarme y disfrutar del sufrimiento y el vértigo como una desquiciada y cuando terminaba, volvía a hacer la cola para subirme otra vez. Pagando, claro).
Pero aunque la rebeldía edulcorada siempre fue una constante en mí, nunca quise decepcionar a la autoridad. Así que me propuse cumplir con la consigna. Irme a la costa un fin de semana a restringir los sólidos y acordarme de momentos de mierda para poder soltarlos.
Cerré los ojos, respiré profundo para dejar entrar el prana y pensar en mi ex. Sí. Soy una privilegiada. La verdad es que no perdí mucho en mi vida, más que a mi adorada abuela, pero los abuelos en algún momento se van. Sin olvidar los celulares, las llaves, las remeras y los 1000 dólares que perdí una vez en la calle. Sí, perdí mil dólares y fue el único día en que mi papá me insultó. "Sos una pelotuda". Lloré mucho esa vez...Pero ahí estaba. En el salón de utilidad múltiple de un complejo de cabañas en Mar de las Pampas y no podía pensar en otra cosa que en mi ex novio, a un año de terminar.
Mientras intentaba sentir el dolor de la pérdida, escuchaba una canción melódica y la voz de Liz que nos guiaba al sufrimiento. Además de eso, lo único que se escuchaba era la respiración del resto. Éramos 20. Después de unos minutos, sentí que a los demás el ejercicio les surtía efecto. No hubo ningún cambio en el sonido del aire que entraba y salía de la nariz y la boca de los otros pero hubo algo que me decía que los demás ya estaban mal. ¿Y yo? A mí, que siempre me saqué 8 en la facultad no me estaba saliendo.
Hice fuerza, me acordé de mis ataques de ira, de la cara de mi ex odiándome, de las puteadas, de la serie que me obligaba a ver y me aburría, de su poderosa Play 4. También me acordé de lo lindo. De los mimos, de la compañía, de como nos cagábamos de risa juntos en la cama, de los nachos con queso cheddar. Y ahí de nuevo a las puteadas, los celos, la certeza de el hilo que nos unía era más débil que el gancho de una pulsera de mala calidad. Pero nada funcionó. Reprobé. No pude llorar, ni angustiarme, ni siquiera se me vino un chocolate a la mente. Nada. Bueno, nada no. Estaba feliz.
Estoy feliz. Me tenía que desintoxicar para darme cuenta. La comida siempre tapa todo, dicen. En mi caso fue así. La ciudad, la oficina, los mails que no leo pero que no dejan de llegar, el celular que es para mí como la lupa de Gadget y me sirve para mirar la vida de los demás y tratar de entender cómo carajo hacen para subir fotos todo el tiempo con sonrisas y paisajes paradisíacos, no me dejaron ver lo feliz que estaba.
La cosa es que estoy subiendo a la montaña rusa, sé lo que viene después, pero ya lo puedo disfrutar. Porque mi asiento es seguro, porque me lo merezco, porque pagué la entrada con esfuerzo y entendí que nada es gratis, pero lo vale. Porque tengo un poco de miedo y está bien, me sirve. Aunque sea para que la voz de mi cabeza me diga "yo te avisé". Porque soy tan buena persona que mis amigos tienen ganas de decirmelo cada vez que pueden. Porque me quiero y me quieren. Porque soy una privilegiada. Porque ya solté algunas cosas y otras las estoy agarrando fuerte para que no se escapen. Porque mi "para siempre" dura algunos años y eso me da la pauta de que todo puede cambiar si quiero. Porque hace un tiempo que ya no tengo filtro y eso me encanta. Porque lo que no se dice, sale por lugares que no están tan buenos. Entonces es mejor usar las palabras. Hacerlas nuestras amigas para que nos ayuden a mostrarnos tal cuales somos. Sin personajes. Sin esperar aprobaciones del de al lado, que es igual de que nosotros. Que se siente un pelotudo, igual que vos. Y juega a sumar puntos para canjearlos por logros que jamás quiso tener.
Entonces reprobé. Amé ir a ese retiro.
Ahora voy a comer moneditas de chocolate y ver una novela brasileña que me enseña que el amor va a venir en forma de príncipe de Egipto y me va a rescatar.
jaja yo esperaba que el remate fuera que te pusiste a llorar, pero por los mil dólares. XD
ResponderEliminarjajajja tenés razón. Tendría que haber dicho delante de todos que quería soltar. Soltar los mil dólares. Bueno, ya tendré mi momento de expresarme otra vez.
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